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YO SOY EL CULPABLE

Viniste a mi encuentro para ayudarme, podías ver a través de mis máscaras, sabías que yo era una mentira.

No podía soportar la verdad en tu mirada, no quería reconocer que delante de ti yo no era nada, no tenía valor.

Mi orgullo me hizo arrancarte la barba, estaba tan enojado que alguien supiera lo más oscuro de mi interior.

Estaba tan extasiado en mis pecados, en mis carnalidades, que no me di cuenta de cuánto te había azotado.

Me encontraba tan extraviado de la razón que no comprendía todas las heridas que yo te estaba provocando.

Una y otra vez tomé el martillo en mis manos para clavarte, sin saber que era yo el que tenía que ser sacrificado.

Te escuché orar por mí, entonces tomé la corona de espinas en mi mano, pensando que así ya no me amarías.

Te vi en aquella cruz, tu mirada me decía que todavía me seguías amando, a pesar de que yo era un fracaso.

Eras capaz de perdonarme a pesar de todo lo que yo te había hecho, no podía comprender tanta gracia.

Caí de rodillas lamentándome por todas mis equivocaciones, me avergonzaban todas mis falsedades.

Tenía temor de quien era, miedo de lo que los demás pensaban, sin embargo, en aquel lugar era aceptado.

Entendí que, aunque soy el culpable de tu dolor, tu misericordia me hizo renacer, tu sangre derramada me cambió por completo, tu amor me dio valor y sobre todo una nueva vida.

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UN MENSAJE ENTRE MIL

¿De qué sirve escuchar miles de mensajes o cientos de prédicas si no permitimos que ninguno toque nuestro corazón?

¿Cuántas veces vamos a la iglesia con el corazón ya preparado y listo para recibir una palabra de Dios para nuestra vida?

Necesitamos permitir que Dios nos hable, escuchar atentamente su palabra para que halle cabida en nuestros corazones.

Entender lo que Dios nos quiere decir y cambiar de acuerdo a ello, poner en práctica las letras para que se conviertan en vida.

No deberíamos salir de un culto sin un rhema de Dios, sin una pastilla de fe que nos aliente para poder vencer en la semana.

Tendríamos que sentirnos mal si no sentimos aquel toque de Cristo hablándonos al corazón cuando estamos en el servicio.

Es imposible que asistamos a la iglesia sin esa necesidad genuina de cambiar aún más, nuestro ser urgentemente debe desear su presencia.

Años y años escuchando sermón tras sermón y no permitimos que Jesús haga su obra en nosotros, no morimos a nosotros mismos.

Pensamos en nuestro día a día, en nuestros problemas, en nuestras carnalidades y no estamos dejando que Dios obre en nosotros.

Necesitamos un mensaje entre mil que nos haga despertar, que nos ayude a romper las cadenas que nos atan y a decidirnos cambiar.

Ore para que la próxima vez que asista a su iglesia, sus oídos estén abiertos y su corazón esté atento a las bellas palabras que Dios pone en su pastor.

Pídale a Dios que lo toque, que no permita que siga asistiendo solo por cumplir, sino que realmente sea un verdadero encuentro con Jesús.