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UN MENSAJE ENTRE MIL

¿De qué sirve escuchar miles de mensajes o cientos de prédicas si no permitimos que ninguno toque nuestro corazón?

¿Cuántas veces vamos a la iglesia con el corazón ya preparado y listo para recibir una palabra de Dios para nuestra vida?

Necesitamos permitir que Dios nos hable, escuchar atentamente su palabra para que halle cabida en nuestros corazones.

Entender lo que Dios nos quiere decir y cambiar de acuerdo a ello, poner en práctica las letras para que se conviertan en vida.

No deberíamos salir de un culto sin un rhema de Dios, sin una pastilla de fe que nos aliente para poder vencer en la semana.

Tendríamos que sentirnos mal si no sentimos aquel toque de Cristo hablándonos al corazón cuando estamos en el servicio.

Es imposible que asistamos a la iglesia sin esa necesidad genuina de cambiar aún más, nuestro ser urgentemente debe desear su presencia.

Años y años escuchando sermón tras sermón y no permitimos que Jesús haga su obra en nosotros, no morimos a nosotros mismos.

Pensamos en nuestro día a día, en nuestros problemas, en nuestras carnalidades y no estamos dejando que Dios obre en nosotros.

Necesitamos un mensaje entre mil que nos haga despertar, que nos ayude a romper las cadenas que nos atan y a decidirnos cambiar.

Ore para que la próxima vez que asista a su iglesia, sus oídos estén abiertos y su corazón esté atento a las bellas palabras que Dios pone en su pastor.

Pídale a Dios que lo toque, que no permita que siga asistiendo solo por cumplir, sino que realmente sea un verdadero encuentro con Jesús.

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Fe y Decisión

Fe y decisión

Hebreos 11:1-2 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. 

La biblia está llena de hombres y mujeres que decidieron de corazón servir al señor, y su fe les permitió cumplir aquello que habían decidido.

Si tenemos fe y nos decidimos de corazón nosotros también podemos ser como aquellos héroes de la fe y ser de inspiración a los demás.

En Carmel Nueva York, vivió un joven llamado Jim Mackey de 14 años de edad. Era muy sociable, animado y un deportista innato.

Al principio de su año escolar empezó a cojear, pronto se descubrió que padecía de cáncer, tras una operación tuvieron que amputarle su pierna.

Tan pronto como regresó a la secundaria andaba con muletas, pero no perdió su sentido del humor, hacía chistes acerca de tener que usar una “pata de palo”.

En cuanto empezó la temporada de futbol americano, se presentó con el entrenador del equipo y le preguntó si podía ser “manager” de uno de los equipos. Durante las siguientes semanas se presentó regularmente al entrenamiento, infundiendo su contagioso entusiasmo y valor.

Una tarde Jim faltó a la práctica, el entrenador se preocupó por el estado del joven. Se enteró que tuvo un nuevo examen médico, el cual reveló que padecía cáncer de pulmón y solo le quedaban 6 semanas de vida.

Jim pronto volvió a los entrenamientos con su ancha sonrisa y gran entusiasmo. Gracias a su inspiración el equipo logró ganar cada partido y ganar toda la temporada.

El equipo tras ganar le preparó un banquete para entregarle la copa, lamentablemente Jim faltó.

Algunas semanas después Jim asistió a un partido de básquet, se le notaba pálido, pero por lo demás era el mismo, su equipo aprovechó aquel momento para darle una sorpresa. Lo llevaron a la oficina del entrenador, Jim se disculpó diciendo que no pudo asistir al banquete porque “estaba a dieta” sus compañeros le entregaron el trofeo diciéndole: Lo ganamos gracias a ti.

Jim con lágrimas en los ojos y muy débilmente dijo: Gracias.

Al término de la celebración el entrenador se acerca a despedirse y Jim le dice: Adiós entrenador.

El entrenado voltea y le dice: No querrás decir hasta luego.

Jim con los ojos iluminados le contestó: No se preocupe, estoy dispuesto.

2 semanas después Jim falleció.

Jim a pesar de su enfermedad no permitió que las quejas llenaran su vida, no dejó que el desánimo le impidiera vivir sus últimos momentos como un verdadero cristiano.

Fue su ánimo alegre y coraje lo que inspiró a sus compañeros, su testimonio de vida fue tan fuerte que su familia y todos lo que lo conocieron pudieron conocer a Dios a través de él.

Sus actos fueron el mejor sermón que haya podido predicar, un ejemplo de que nuestras decisiones y nuestra fe pueden mover montañas y permitirnos lograr grandes cosas para Dios.